Suele decirse que, de aquellas aguas, estos lodos, y a la hora de analizar los problemas sociales a los que se enfrentan los adolescentes actuales las asociaciones de psiquiatría pediátrica no pueden evitar agarrarse a esa expresión. El uso de la tecnología en edades tempranas puede terminar afectando mucho más de lo que los padres alcanzan a ver.
Y no es que no sean conscientes, ojo. Tal y como recogía una encuesta de Bright Horizons, el 60% de los padres reconocen que sus hijos empezaron a trastear con la tecnología incluso antes de saber leer, y el 73% cree que sus hijos necesitan un detox de pantallas. De entre todos esos últimos, el 68% son niños de menos de seis años. Sin embargo, para los expertos la idea de un plan de desintoxicación de tecnología, lejos de resultar exagerada, es aún más preocupante de lo que los propios padres creen.
Cuando Mickey Mouse hace de padre
La clave del problema, según la Academia Americana de Pediatría, está en que el uso de pantallas entre niños menores de 2 años debería estar extremadamente limitada. En el caso de los 2 a 5 años, esa limitación debería mantenerse en una hora diaria y, de hecho, quedar específicamente atada a contenidos educacionales o de interacción directa.
Si alguna vez te has plantado ante alguno de esos programas infantiles que dejan embobados a los críos como la Casa de Mickey Mouse o Barrio Sésamo, festivales de colores y muñecos en los que el personaje principal interactúa con los pequeños realizando una pausa para que puedan responder, ahora entenderás que no es casualidad.
Lo que intentan simular esos programas infantiles es una interacción directa que resulta clave para el desarrollo infantil. Es el clásico juego de imitación que organiza nuestras reglas sociales y nos enseña a interactuar con el mundo que nos rodea mientras jugamos con padres, abuelos, cuidadores u otros niños. Pero por mucho que intente acercarse a la realidad para suplir esa falta, es evidente que no es lo mismo.
Hace años ese tipo de programas contaban con horarios específicos limitados y luego desaparecían de la parrilla porque las cadenas de televisión se embarcaban en otros contenidos con otras franjas de audiencia en busca de más anunciantes. Hoy, con los servicios de streaming y plataformas como YouTube a la cabeza, esa limitación es cosa del pasado. De hecho, según datos de Common Sense Media, esa hora diaria recomendada para los menores de 2 años se supera con creces, y en el caso de los niños de 2 a 5 años la media sobrepasa las dos horas.
El resultado, según los expertos, es una ristra de problemas emocionales y cognitivos que van desde el desarrollo tardío y problemas en habilidades mentales complejas como la organización y la autorregulación, hasta casos de depresión o ansiedad. Pero pese a esas alarmas de desintoxicación, el 58% de los padres se agarra a las pantallas como método para mantener ocupados a sus hijos mientras realizan otras tareas.
El problema es la falta de intencionalidad
Aunque lo fácil es caer en culpar y juzgar, lo cierto es que caminamos sobre los pasos que nos han traído hasta aquí. Vivimos rodeados de tecnología y es fácil que caigamos en el error de pensar que lo que funciona para nosotros también debería funcionar para nuestros hijos. La diferencia está en que, mientras nosotros acudimos a esas mismas pantallas para desconectar de nuestro día a día, ellos aún tienen que conectarse a algo.
"Van a ser los adultos del futuro. ¿Qué necesitan los niños ahora en su desarrollo, en los asombrosos primeros cinco años de vida, para prepararse y prosperar durante el resto de sus vidas? Las pantallas no contribuyen en nada a ese desarrollo temprano y, de hecho, pueden perjudicarlo gravemente, y ese tiempo no se puede recuperar". Según la directora del estudio, Rachel Robertson, el problema reside en una falta de intencionalidad.
Si estamos haciendo la comida o acudimos a un supermercado y se entrega una pantalla al crío, no se hace con mala intención, es una estrategia destinada a que no se aburra y esté entretenido frente a las esperas y monotonía que pueden ser motivo de enfado o irritabilidad.
La realidad, tal y como recogen los expertos, es que les estamos privando de desarrollar habilidades clave, no sólo de interés por lo que les rodea, sino también de las capacidades para regular esa paciencia y empatía que ahora reclamamos a los adolescentes actuales. De aquellas aguas, estos lodos, pero con la diferencia de que cada vez hay más agua implicada y no estamos alcanzando a ver el lodazal que se viene a largo plazo.
Sin embargo, ante ese panorama podemos volver a caer en otro error, el de culpar a la tecnología de esos problemas cuando, en realidad, nos rodea a todas horas. Tal y como recoge Robertson, la clave vuelve a estar en esa falta de intencionalidad. Es evidente que el día de mañana esos críos estarán rodeados de tecnología y que deben adaptarse a ellos, pero lejos de plantarse ante una pantalla en la que la interacción se limite a un Mickey Mouse realizando pausas entre preguntas, la tecnología también puede perseguir una intención.
¿Y si el paseo por el supermercado con un teléfono en sus manos sirviese para ayudarnos a completar la lista de la compra de una forma visual, buscando los dibujos relacionados con las cosas que estamos metiendo en el carro? ¿Y si hacer la comida de forma colaborativa puede servirnos para buscar la receta, contar ingredientes o incluso saber más sobre el origen de ese plato que estamos preparando? "Estarán investigando y convirtiéndose en pensadores críticos, utilizando la tecnología con una intención, y podrán contribuir. Ese es un gran uso de la tecnología, y creo que les permite usarla no cómo un dispositivo de entretenimiento, sino como una herramienta".
Imagen | Perry en Midjourney
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